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PreciosEstrategia·7 min de lectura

Por qué una web barata sale cara (y cuándo no sale cara)

Una web barata no es cara por ser barata. Es cara cuando el precio tapa cuatro partidas que acaban apareciendo y cuando hay que rehacerla a los dos años. Con la cuenta hecha y los casos en los que compensa igualmente.

Vivo de hacer webs, así que este artículo lo escribe alguien con un interés evidente en que no elijas la opción más barata. Léelo con esa advertencia por delante y comprueba tú la cuenta, que es lo único que no tiene sesgo.

Dicho eso, aquí no voy a defender que lo caro sea mejor. Lo que voy a defender es otra cosa: que un precio bajo no es un precio malo, es un precio incompleto, y que el problema no es pagar poco, sino no saber qué falta. Hay negocios para los que la web de trescientos euros es exactamente la decisión correcta, y lo digo al final con todas las letras.

Voy a usar 300 € porque es una cifra redonda y porque es la que más me repiten por teléfono. Si la tuya es 250 o 450, cambia el número y la cuenta sale igual.

Qué se compra de verdad por ese precio

Nadie regala trabajo. Si una web sale por 300 €, el que la hace tiene que resolverla en pocas horas, y para que eso salga tiene que ahorrarse cuatro cosas. Ninguna es un engaño: son consecuencias aritméticas del precio.

Una plantilla sin tocar. Se compra un diseño ya hecho, se cambia el logotipo, se cambian los colores y se publica. El resultado suele ser presentable, y ese es justo el problema: es presentable de la misma forma en que lo son otras cien webs que usan esa plantilla, incluidas las fotos de archivo. No es un delito estético. Es que tu negocio deja de parecer tu negocio.

Textos de relleno. El «somos una empresa joven y dinámica comprometida con la excelencia» sale de aquí. Escribir los textos de una web pequeña lleva horas: hay que preguntarte a qué te dedicas exactamente, a quién le vendes y qué te diferencia del de la esquina. Por 300 € nadie hace esa entrevista. Se rellena la plantilla con frases que valen para cualquiera, y lo que vale para cualquiera no convence a nadie ni le dice a Google a qué te dedicas.

El dominio a nombre de otro. Es la más cara de las cuatro y la que menos se nota el primer día. Si el titular registrado de tu dominio es quien te hizo la web, no tienes una dirección: tienes una dirección prestada. Puedes comprobarlo hoy mismo, y deberías: cómo saber de quién es el dominio de tu web lo explica en dos minutos.

Nadie detrás. Sin mantenimiento no hay copias de seguridad, no hay actualizaciones y no hay nadie que se entere de que tu formulario lleva tres semanas sin enviar correos. Esto tampoco es maldad: es que por 300 € no cabe un compromiso de por vida.

La factura que llega después

Aquí está la parte que convierte un precio bajo en un precio incompleto. Coge tu presupuesto y comprueba cuáles de estas partidas están dentro y cuáles no:

  • El dominio, que se renueva todos los años.
  • El alojamiento, que es lo que cuesta que la web esté encendida. Si te lo regalan el primer año, mira qué pone para el segundo.
  • El correo con tu dominio, que muchas veces va aparte y no se descubre hasta que hace falta.
  • Los cambios. Cambiar un horario, un teléfono o un precio. Si no hay cuota, cada cambio es un presupuesto nuevo.
  • Los textos legales, si tienes formulario de contacto o cookies.

No te doy números de terceros porque cada proveedor cobra lo suyo y copiarlos de un blog no te sirve de nada. Lo que sí te sirve es esta regla: pide el total del primer año y el total del segundo año, por separado. Casi nunca se parecen, y la diferencia entre los dos es la parte del precio que no estabas viendo.

Si quieres las horquillas de cada partida por escrito, están en la guía de cuánto cuesta una página web, con lo recurrente separado de lo que se paga una sola vez.

Y la partida grande: rehacerla

Esta es la que casi nadie mete en la cuenta, y es la que más pesa.

Una web de plantilla sin textos propios y sin nadie que la toque envejece rápido. A los dos años suele estar en uno de estos tres estados: con datos viejos porque cambiarlos era un suplicio, rota por alguna parte porque nadie la actualizó, o simplemente igual que el primer día mientras el negocio ha cambiado. Entonces llega la decisión de rehacerla.

Y rehacerla no cuesta lo mismo que hacerla, porque arrastras deuda:

  1. No tienes textos. Los de la plantilla no se reaprovechan, así que el trabajo de escribirlos sigue pendiente y ahora va a precio de hoy.
  2. No tienes fotos tuyas. Las de archivo se van con la plantilla.
  3. Si el dominio no es tuyo, o negocias para recuperarlo o estrenas otro. Estrenar otro significa que los enlaces que otras webs te habían puesto durante dos años apuntan a una dirección que ya no es la tuya, y eso tarda en recuperarse. Si lo recupera.
  4. Las direcciones internas cambian. Cada página que existía y desaparece necesita una redirección 301 a su equivalente nueva. Es un trabajo pequeño que, si no se hace, se nota.

Dicho de otra forma: la web de 300 € no es una web de 300 €. Es 300 € más lo recurrente de dos años más el precio de una web entera dos años después, con el dominio como incógnita. Haz esa suma con tus cifras antes de decidir nada.

Cuándo una web barata es la decisión correcta

Si el artículo acabara aquí sería un panfleto. Hay cuatro situaciones en las que la opción barata es la buena, y me perjudican decírtelas:

Cuando solo necesitas ser localizable. Un taller que vive del boca a boca y del barrio no necesita una web que capte clientes: necesita que quien busca su nombre encuentre el teléfono, el horario y la dirección. Eso lo resuelve una página sencilla y la ficha de Google, que además es gratis.

Cuando el local cierra o cambia dentro de poco. Si traspasas en un año, si el contrato del local acaba, si te estás planteando cambiar de actividad: no compres a diez años lo que vas a usar doce meses.

Cuando todavía no sabes si el negocio va a funcionar. Una actividad recién arrancada cambia de nombre, de servicios y de público en los primeros meses. Cualquier web que hagas ahora habrá que rehacerla igual, así que hazla barata a propósito. Esa es una decisión, no una resignación.

Cuando el presupuesto no da y punto. Una web mediocre publicada rinde más que una web excelente que no llegaste a encargar. Si hoy solo llegas a 300 €, gasta 300 € y hazlo con los ojos abiertos.

En los cuatro casos hay una condición que no negocio, y es la única cosa de este artículo que te pido que no te saltes: que el dominio quede a tu nombre. Cuesta lo mismo registrarlo a tu nombre que al de otro. Es la diferencia entre una web barata y una web barata que además te ata.

Tres preguntas para saber si tu presupuesto es barato o incompleto

Antes de firmar nada, haz estas tres. Se contestan en una llamada:

  1. ¿A nombre de quién queda el dominio? La respuesta buena es tu nombre o el de tu empresa, con tu NIF, y se puede comprobar en el panel del registrador.
  2. ¿Cuánto pago el segundo año? Si no hay respuesta, es que la hay y no te gusta.
  3. ¿Quién escribe los textos? Si la respuesta es «tú nos pasas la información», los escribes tú. Que quede dicho antes y no en agosto con la web a medias.

Y si la comparación es entre pagar una cuota mensual o pagar una vez, esa cuenta la tienes hecha aparte en Wix o web a medida, con la multiplicación a tres años puesta en una tabla.

El resumen honesto

Una web barata no sale cara por ser barata. Sale cara cuando el precio tapa partidas que van a aparecer igual y cuando hay que rehacerla antes de tiempo con el dominio en manos de otro. Si sabes lo que no incluye y aun así te encaja, es una compra correcta. Si no lo sabes, no estás comprando barato: estás aplazando el pago.

Antes de decidir, mira las bandas de precio del mercado y los costes recurrentes en la guía de cuánto cuesta una página web y haz la suma de tus dos primeros años. Con ese número delante, la decisión se toma sola.

¿Te ha surgido una duda leyendo esto?

Te la contesto por teléfono sin compromiso. Soy Juan Francisco, y al teléfono estoy yo.

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